Julián Álvarez decidió irse del Atlético de Madrid en febrero tras más de dos meses sin marcar. Su malestar con el esquema táctico de Simeone, que lo alejaba del área o lo desplazaba por la banda, fue el detonante. Antes del Mundial, se reunió con el director deportivo para confirmar su intención de marcharse y revelar su destino: Barcelona, el club donde jugaba su ídolo Messi.
El Barcelona hizo una oferta de 100 millones de euros a fines de mayo. Sin embargo, el Atlético rechazó la propuesta y mantiene una postura firme para retenerlo. La negativa no responde solo a dinero, sino a una cuestión de orgullo. El equipo madrileño, con el fondo de inversión Apollo controlando el 57% de sus acciones desde marzo, no está dispuesto a ceder ante los deseos de un jugador de su envergadura.
Álvarez permanece en una situación incómoda: el club que lo formó lo mantiene fuera de sus planes, pero no lo deja partir hacia donde quiere. Su anhelo de jugar en el Barça se encuentra atrapado en las negociaciones entre dos instituciones.



